sábado, 6 de junio de 2020

RELATO BREVE







Hoy es el aniversario del fallecimiento de mi abuela. Siempre estará en mis recuerdos, se me vienen encima con el peso de la nostalgia, que no deseo evitar. La enterramos junto a su marido, como ambos querían. Entre los asistentes al funeral estaba un hombre desaliñado, apretaba contra su pecho su sombrero de fieltro y las lágrimas corrían abundantes entre los surcos de sus mejillas.

Se llamaba Bruno, había sido vecino nuestro, una granja cercana a la de mis abuelos. Era tierra dura. Su familia, a veces, pasaban necesidades, eran tiempos muy difíciles en España, años 40. Eran gente muy buenas, afectuosas y dignas...Bruno siempre llevaba a la escuela la fiambrera, a menudo con un trozo de pan, para que no pareciera  que no había comida en casa. Iba a buscar a mi padre todas las mañanas para ir juntos al colegio y dejaba su fiambrera en la mesa de la gran cocina, donde mi abuela estaba ocupada llenando la de sus hijos. Ella, muy disimuladamente llenaba también la de Bruno y, en la escuela, mi padre nunca advirtió que las dos comidas eran iguales.

La abuela jamás dijo a nadie lo que ocurría y tampoco Bruno lo contó, pero él recorrió a pie los kilómetros hasta su tumba. Le iban algo mejor las cosas, pero con apuros, pero él estaba resuelto a rendirle el último tributo cariñoso y agradecido a la abuela, quien le había llenado el plato muchas veces y, sin embargo, había dejado intacto su amor propio...

Yo me enteré de esto y otras cosas que la abuela hacia con disimulo, respeto y cariño para gente que tenía necesidades, cuando leí su maravilloso diario...








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