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domingo, 15 de septiembre de 2013

LA SEVILLA QUE SE NOS FUE: CALLES Y CASAS SEVILLANAS, V

  
En los años veinte y treinta Sevilla conservaba gran parte de rotulaciones antiguas, los cambios políticos no se habían reflejado en la vida ciudadana. Incluso aunque algunas calles cambiaron sus nombres durante el siglo XIX, el público no se había acostumbrado a nombrarlas con la nueva denominación.

Así, le seguían llamando Plaza de S. Francisco a la que tenía el rótulo de Plaza de la Constitución, y la calle Armas, a la que acababa de ser rotulada como Alfonso XII.

En el  lenguaje popular se seguía llamando calle de la Conejera a la calle Atienza, y calle Las Palmas a la recién bautizada como calle Jesús del Gran Poder. Fracasaba el intento de denominar, en su día, Plaza de S. Fernando a la que los sevillanos seguían nombrando como Plaza Nueva. Y continuaba entendiéndose por calle Gallegos a la que el Ayuntamiento rotuló como calle Sagasta, igualmente ocurría con la calle Oriente, hoy Luís Montoto.

La de Teodosio, a pesar de su nombre de emperador romano, era aún conocida  por Caldelería de S. Vicente, como la Plaza de Villasís la seguían nombrando por Cocheras de Pineda. La calle Descalzos era para todos , aún, Campanas: y la de Laraña, Compañía, en recuerdo que la Universidad y la Iglesia de la Anunciación había sido anteriormente de la Compañía de Jesús. La calle José Gestoso, aún sonaba como Venera,(si observamos, en una fachada de ésta calle, próxima a la Plaza de la Encarnación, veremos una Venera, que es donde se dice es el punto céntrico de Sevilla), y Santa Ángela de la Cruz era calle Alcázares porque el convento de las Hermanitas de la Cruz se había instalado en la antigua manión señorial de la familia del apellido Alcázar; mientras que desde 1940 está rotulada como Alcázares, conservaba aún el rótulo de Calle del Coliseo por haber estado situado en ella el Teatro del Coliseo Municipal. Por la misma razón la farmacia que allí existe se sigue llamando Farmacia del Coliseo, esquina a la Encarnación.

Algunas calles conservaban nombres risibles que el Ayuntamiento no pudo borrar de la memoria popular, como es Callejón del Medio Culo, hoy calle Sagunto, al lado de la parroquia de S. Gil, y la calle Rascaviejas, (porque en el siglo XVI se rascaban y acicalaban las espadas viejas de unos talleres del Ejército), hoy es la calle Hiniesta.

En Triana, seguían llamando Larga a la calle Pureza, y Calle del Río a la calle Betis, y Esparterías a la de S. Jorge. A la salida de  la calle S. Fernando, La Pasarela, porque se edificó un armazón muy emblemático de hierro, que servía para cruzar la glorieta sin peligro, y para retratarse los pueblerinos en su viaje de bodas, también fue la primera Portada de la Feria de Abril, como tal. Lamentablemente desaparecida.

La Avenida desde la Catedral hasta el Ayuntamiento se llamaba Calle Génova. Las cuatro esquinas de S. José, que eran la cruz formada por Sierpes, Jovellanos y Gallegos. Como en  la Alameda de Hércules, la esquina de la calle Barco se llamaba La Havanilla, y el extremo de final entrando por Calatravas se conocía por La Pila del Pato, porque allí estaba situada la pila o fuente pública que tiene la figura de un pato que echa agua por el pico, fuente que después de 1950 se trasladó a la Plaza de S. Leandro., es muy entrañable entre los sevillanos.

En Triana, la calle Pagés del Corro era conocida por dos nombres; La Cava de los Gitanos desde S. Jacinto a la actual Plaza de Cuba y La Cava de los Civiles  desde S. Jacinto hacia Procurador. No existía La Plaza de Cuba ni el barrio de Los Remedios, sino que lo que hoy es Gonzalo de Segovia, se donominaba Puerto Camaronero porque en esa banda amarraban los barquitos de pesca de camarones y pescado de río. Los terrenos de esa zona, era campo en los que hasta entrado el siglo XX, se iba a cazar conejos, y en la época de veda iban familias sevillanas de excursión a guisar una paella, o migas y echar un día de campo con sus chiquillos.

Sevilla tenía muchas casas señoriales, todavía no se había socializado la vivienda. Éstas eran diversas, los sevillanos vivían en casas particulares que iban desde el palacio hasta los Corrales de Vecinos de gente humildes.

Según los censos de vencindad de las parroquias puede deducirse que en los años veinte, ante la Exposición Iberoamericana, ( a cuya construcción trajo a Sevilla a muchos parados de Andalucía, los que luego no regresaron a sus pueblos, y quedaron aquí formando un inmenso proletariado). Los corrales de vencindad se dividían en dos tipos: unos construidos expresamente para tal fin, con un gran patio central, rodeado de habitaciones, y arriba con una galería, en la que también había habitaciones. Otros de estos "corrales" eran antiguo palacios o conventos, que se habían adaptado a este fin, tabicando para dividir en habitaciones. Entre los construidos expresamente para corrales, se puede citar los de la calle S. Vicente, 100, Marqués de Mina, 5, Feria, 104, y otros muchos. Entre ellos destacaremos la casa-palacio la "Casa de los Artistas", en S. Juan de la Palma, (antiguo palacio de la familia de los caballeros Levantos), (en este blog, tenemos la historia de este emblemático y entrañable edificio, basado en el libro  "El Jueves"del destacado escritor trianero, Ángel Vela). O el Corral de las Mercedes, en la calle Bailén, que era parte del convento de la Merced, que conservaba en su galería alta las celdas de los legos, convertidas en habitaciones para alquilar.

Existía un intermedio entre el "piso" y la "habitación  a diario", y el llamado "partidito", que constaba de un comedor y un dormitorio.

Los principales palacios sevillanos eran sin duda el de Las Dueñas, (Que fue de los Pineda y luego pasó a ser de lo Duques de Alba), el de la Casa de Pilatos de los Duques de Medinaceli; el de los Duques del Infantado, en la calle Santa Ana, conocida por la Casa de las Columnas, en la calle Santa Clara, la del Conde Santa Coloma, el de los marqueses de Casa Galindo en la Plaza del Museo; el maravilloso de los Sánchez Dalp, en la Plaza del Duque,  el de Palomares, también en el mismo lugar, el de la Condesa de Lebrija, en la calle Cuna, (en cuyo interior hay mucho de Itálica), el de los marqueses de Valencina en la calle Laraña esquina a Cuna, el de los marqueses de Altamira, en Santa María la Blanca.
                                                                                                                                               
Patio principal, Casa de Pilatos, Sevilla.



Entre otros palacios, estaba el de los Duques de Medina Sidonia, en la Plaza de Duque, (que se convirtió en los prestigiosos Almacenes del Duque), , derribado como aquella joya que fue el de Sánchez Dalp para construir El Corte Inglés, -(¡Qué pena para Sevilla, que los gobernantes no dieron la talla política a la ciudad al no proteger y defender su Patrimonio-), (esto último es opinión personal). El palacio de los Solís, derribado para construir Lubre, del que se conserva únicamente la entrada en la fachada. El de los Pinelo que en esos años era la Fonda de Don Marcos, que lo restauraron para instalaren él las Reales Academias de Medicina y Buenas Letras. El palacio de los Ponce de León, en la plaza de su nombre, que desde principio del siglo XX era el colegio de los Escolapios, también derribado. Del desastre se salvó y restauró la Casa de las Sirenas, en la Alameda, una preciosidad.

Tras estos  grandes palacios, había lo que se conocía por casas- palacios, como el de los Condes de Bagaes, (hoy Conservatorio de Música), en la calle Jesús del Gran Poder, la Casa de las Sirenas en la Alameda de Hércules y muchas más...

Algunas casas más pequeñas, pero particulares, tenían la ventaja de que el dueño se sentía plenamente amo de ella, y no sometido a una propiedad compartida, con servidumbres de no poder regar macetas porque molesta al vecino de abajo, teniendo que esperar para  hacerlo hasta muy tarde; no poder dormir, porque el ruido del vecino de arriba molestaba. Esta propiedad otorgaba a su dueño un sentido de "clase media" muy distinto del sentido de "proletario"que tienen hoy las mayorías, incluso viviendo en mejores pisos, que aquellas casitas particulares.

También había pisos más pequeños que ocupaban preferentemente matrimonios sin hijos, o señoras viudas, como en el caso de la escritora doña Amantina Cobos, cuyo piso tenía una salita, tres dormitorios, más la cocina y el baño.


Corral de vecinos.
Los corrales se dividían en los "partiditos" que constaba de dos habitaciones, y los de "habitaciones a diario" en que se alquilaba una sóla habitación, y que finalizando el siglo XIX, se había de pagar diariamente, a la casera.             


(La lista de todos los corrales sevillanos es enorme, así que para no cansar a mis seguidores, los omitiré, si hay alguien interesado en ellos, gustosamente se los proporcionaría).          
Vecinas en el patio del corral


Fue una época muy significativa  y larga aquella de los corrales de vecinos, de convivencias, generalmente buenas, fallaba en lo higiénico, por sus instalaciones, pero no en lo humano. Esta proximidad, conocimento, y vencindad, daba a las relaciones entre las clases sociales una mayor humanidad, a diferencia de lo que ocurre hoy en que las clases sociales más acomodadas que  se alojan en chalets protegidos por cercados, vigilantes y perros, mientras que las clases más inferiores se encuentran marginadas, en barrios suburbiales que son auténticos ghetos en que imperan, en algunos, la delicuencia, el odio y la barbarie, siempre sin generalizar.



"La Sevilla que se nos fue"

José Mª de Mena.

Ed, Castillejo

4ª edición
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