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sábado, 16 de octubre de 2010

"LABOR DE AMOR"






"LABOR DE AMOR"









Hubo una vez un santo que había tenido una vida larga, piadosa y abnegada. Un día bajó a verlo un ángel del Señor, quien lo encontró en la cocina del monasterio fregando ollas y sartenes y preparando el potaje del día.






-Dios me ha enviado-le dijo -. Ha llegado la hora de llevarte conmigo a la vida eterna.






-Agradezco al Todopoderoso su bondad-repuso el buen hombre-, pero, como verás no puedo dejar todo esto por hacer. No quiero parecer desagradecido; pero...¿no podrías retrasar mi viaje al otro mundo hasta que acabe las tareas?






El ángel le contempló con bondadosa y comprensiva mirada.






-Veremos qué se puede hacer-prometió. Y desapareció.






El santo siguió atendiendo sus muchos quehaceres. Un día, mientras escarbaba en la huerta, nuevamente se le apareció el mensajero del Señor. El virtuoso varón indicó con la azada los surcos sembrados.






-Mira cuántos hay por hacer-dijo.- ¿Crees que podríamos aplazar aún un poco el viaje a la eternidad?






Sonriendo nuevamente, el ángel se desvaneció de su vista.






El justo siguió trabajando con la azada, y luego pintó el granero. Entre una tarea y otra, el tiempo fue pasando, hasta que un día el venerable se hallaba en el hospital atendiendo y a los enfermos. Acababa de llevar agua para que bebiera un hermano con fiebre, cuando, al levantar la vista, vió al espíritu celeste.






Esta vez el santo se limitó a abrir los brazos en un gesto de resignación y compasión. Con la mirada indicó al ángel la sala donde tanta gente sufría. sin decir palabra, el alado espíritu se esfumó.






Aquella noche, al volver a su celda del monasterio, el buen hombre se sintió de repente viejo, limitado y muy cansado, y exclamó:






-Señor: si quieres mandarme a tu mensajero otra vez, estoy dispuesto a recibirlo ahora.






No bien hubo dicho eso, cuando el ángel se la apareció. -Si deseas llavarme- declaró el virtuoso-, estoy listo ya a establecer mi morada en la eternidad, al lado de nuestro Señor.






Mirando al santo con sabia y amorosa mirada propia de los ángeles, contestó el mensajero de Dios:






-¿Y dónde crees que has estado?










(éste era el relato preferido de mi amiga Conchita, se lo dedico a su memoria, es recopilado)

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