jueves, 30 de septiembre de 2010

CUENTO








... Y el ruiseñor comenzó a cantar...

dotado con el don divino...








Érase una vez, hace muchísimos años, al terminar Dios la creación del mundo, todas las aves eran bastante parecidas entre sí, en colorido, salvo en tamaño. Su plumaje, pardusco por arriba y grisáceo, o color teja, por abajo. Todas tenían el pico casi igual: pico cortito y recto.








Un día, el Creador estaba dando un paseo por la Tierra, contemplando todas las maravillas que había hecho, cuando de fijó en que las aves eran una especie un tanto monótonas, poco resultonas, y decidió mejorar su aspecto dándoles un toque más especial. Le dijo al arcángel S. Gabriel que preparara todo para una reunión con los pájaros, porque quería hacerlos distintos unos de otros y dotarlos de un aspecto realmente espléndido y bello.








Cuando llegó el citado día, se reunieron las miles de aves. El lugar elegido era una elevada montaña muy verde, y a S. Gabriel le costó un enorme trabajo que se estuvieran quietecitas mientras las contaba e identificaba su nombre en la lista, quería estar seguro que no faltase ninguna. Entonces, la urraca, queriendo hacer una broma, le escondió la lista, y cuando San Gabriel logró recuperarla, la encontró llena de barro y tachones. El arcángel concluyó que todos los pájaros habían acudido a la llamada, (si bien como veremos se equivocaba), y comunicó entonces al Señor que ya todo estaba preparado.








Dios se presentó con un gran saco, repleto de picos diferentes, y también unas enormes cajas de pinturas: Los diversos colores eran perennes y eternos, tan bellos y extraordinarios, que ni el mismo Creador hubiera sido capaz de mejorarlos.








Pidió cortésmente al gorrión que guardara silencio, y seguidamente habló a todas las aves. Sería una idea maravillosa, les dijo, pintarlos a todos, y que cada uno eligiera sus colores y la forma del pico. Las aves lanzaron gritos de gozos, llenas de emoción, y en seguida se posaron o algunas se pusieron a revolotear mientras esperaban su turno y hablaban acerca de los diferentes colores que pensaba elegir cada una.








El primero que se presentó fue el guacamayo, que no escatimó colores. Nadie ha visto jamás nada más bello desde entonces. ¿Te acuerdas de cuándo lo viste en el zoológico, el día en que fuiste con el "cole", chaval?. El Señor y el arcángel trataron de contener la risa, pero no pudieron evitar intercambiar una mirada cada vez que el guacamayo pedía más pinturas. Cuando hubo finalizado, escogió un pico fuerte y ganchudo con el que podría comer sabrosas nueces y, satisfecho, regresó a Sudamérica, más alegre que unas castañuelas andaluzas y canturreando de orgullo.




Después llegó el mirlo, aún no se llamaba así. Había observado atentamente al guacamayo cuando recibía sus colores, y visto que las otras aves se habían reído disimuladamente tras las alas. Escogió, un hermoso tono negro, sencillo y lustroso, luego alzando la cola, echo una mirada en su entorno emitiendo grititos, como diciendo: "Y ahora, ¿quién se va a reir de mí"? Pero no pudo resistir la atracción que despertó en él un pico de vivo color amarillo que descubrió en el saco, que armonizaba muy bien con el negro plumaje. Antes de partir, se posó en una rama y lanzó un hermoso canto de agradecimiento al Creador.




Unas tras otras, todas las aves fueron eligiendo sus colores. El tordo se posó ergido, mientras le cubrían el pecho con manchas color castaño; en cuanto al presumido pavo real, ya puedes imaginarte cuánto trabajo dio hasta quedar satisfecho , ni tan siquiera se detuvo a cantar un poco como agradecimiento, pero eso a Dios no le importó. Siguió pintando, porque él ama a todas las aves: a las alondras, a los picoteros, y a las golondrinas de largas alas. Había un enorme pico en el saco, que Dios pensó que se trataba de un error; ya se disponía a tirarlo, cuando el pelícano lo solicitó: "Un momento, Señor; creo que me vendría muy bien", y con una reverencia se marchó.




Era un día cálido y hermoso, en el que ni los colibríes sentían frío. Al caer el día, Dios vio que ya sólo quedaban unos cuantos pajarillos, por lo que les dio permiso para utilizar toda la pintura que quedaba. Así, el martín pescador, el abejaruco, la abubilla, y dos o tres más le tomaron la palabra y se cubrieron generosamente de resplandecientesy bellos colores.




Al final, todas las aves regresaron a sus lugares de origen. El Señor y el arcángel descendieron juntos de la montaña, algo cansados, pero muy contentos de la labor realizada.




En aquel momento, Dios y S. Gabriel escucharon cierto alboroto en el bosque, algo se acercaba a través de la maleza, y lo hacía apresuradamente, se oían las ramitas crujir. se detuvieron para averiguar lo que pasaba, estaba ya muy oscurecido, apenas se veía nada. Dios daba la vuelta para reanudar la marcha cuando, de pronto, un pajarillo castaño y gris salió de entre los espinos.




"¡Señor"! "¡Señor"!, gritó el ave.




Era el ruiseñor. Dios extendió su brazo y en él se posó el pajarito.




"Me dijeron...dijeron...el mirlo me acaba de decir que habías invitado...sí, que has llamado a todo el mundo para pinterles, -explicó jadeante el ruiseñor. "Me dijo que debí enterarme antes, pero vivo en lo más espeso del bosque, y nadie se acordó de avisarme. Me he dado toda la prisa posible. Espero no haber llegado demasiado tarde. ¿verdad, Señor"?




Dios miró la caja de pinturas y vio que no quedaba nada. También el pajarillo se fijó y, al advertir que ya no había, no pudo reprimir un gemido de amargo desaliento. Cuando se disponía a remontar el vuelo, el Señor miró los pinceles y vio que en la punta de uno de ellos, había una reluciente manchita dorada.




"Vuelve aquí, a posarte un momento en mi dedo"-dijo Dios al ruiseñor, "abre el pico" El pequeño pajarito hizo lo que le ordenaba el Creador, Este tomó el pincel con delicadeza y tocó suavemente la lengua del ave con la punta dorada de aquél. Sabía algo amargo, pero notó una sensación intensísima, hizo una reverencia como agradeciendo el mágico toque divino. Con rapidez, emprendió el vuelo hacia los matorrales. Entonces, de repente, comenzó a cantar. Nadie había oído nunca cantar de aquel modo a ningún pájaro. Un granjero que llevaba sus vacas al establo, se detuvo maravillado. En la montaña, los pastorcitos que cuidaban sus rebaños, fijaron la mirada en el crepúsculo, mientras una abuela arropaba a su nietecito, aguzaba el oído, completamente embelezada, dentro de la casa, como si escuchara el canto de un ángel.




Fue el último pajarillo, pero dotado del mejor canto. Dios y el arcángel escucharon también durante largo rato. No tuvieron que que preguntar al ruiseñor si era feliz. Después de un buen rato subieron al Cielo.




















(recopilado).